En esta tesitura aciaga y cruda,
sin pensar en que vives de prestado,
satisfaces tu vida con lo dado
por una sociedad sumisa y muda.
Inmerso en lo carnal que te saluda
con sonrisas de un gozo programado
que borra de tu mente lo sagrado,
sin importar si tu alma se desnuda,
tienes que preguntarte: ¿soy cristiano?,
¿rezo al Señor?, ¿ayudo a algún hermano?,
¿descubro en mi interior lo que venero?
¿Por qué no hacer un alto en el camino
sabiendo que te juegas tu destino
en un estadio que es perecedero?
sábado, 19 de marzo de 2011
martes, 18 de enero de 2011
Ancianos
Soy ya viejo, Señor, y así lo asumo,
por tanto en los lugares donde estoy,
bien patente demuestro lo que soy:
hablo de un tema y otro y los consumo.
Enderezar entuertos es mi meta;
siempre de los demás, nunca los míos.
Soy un mandón en muchos desvaríos y
debo dar a todos mi receta.
¿Para qué reflexivo o taciturno?
Por eso tanto afán de perorata.
Mil detalles que forman cabalgata
y ni pensar a nadie dar su turno.
Qué difícil si hablo es ir al grano;
¿cómo omitir, Señor, tanto detalle?
Aunque el otro esté al cabo de la calle,
valorará lo sabio de un anciano.
De los demás, ni oír quiero sus penas;
si acaso, yo les cuento algún achaque;
para que en algo mi dolor se aplaque,
que me digan de mí mis cosas buenas.
Claro en mi mente está lo recordado;
ellos cuentan sus cosas, que se dudan;
con oírme, seguro que se ayudan;
yo cómo voy a estar equivocado.
Todos los de mi edad, viejos gruñones;
yo gozando de mucha simpatía
y ganando elegancia cada día;
los demás, adiposos, barrigones.
Todo lo veo mal; no me preguntan
cómo tienen que hacerse las gestiones;
sin mis consejos, sin mis opiniones,
no saben lo que hacer, ni lo barruntan.
Si grabo lo narrado en mi conciencia
y pienso que es verdad lo relatado,
si he sido consecuente en lo contado,
que me sirva lo escrito de advertencia.
Tú que tanto sufriste y tanto amaste,
que tanta salvación me has regalado,
¿cómo no aprovechar lo que me has dado?
¿Por qué olvido, Señor, lo que enseñaste?
Qué retrato más fiel, qué pesadilla
y qué oportunidad desperdiciada;
qué vergüenza, Señor, qué campanada,
una vitalidad de pacotilla.
Es tanta vanidad lo que me inculpa;
quiero ser al revés de lo contado;
pido perdón al ver dónde he llegado;
de todo lo pasado “mea culpa”.
Inspirado en la “Oración de un monje irlandés del siglo XVII”
por tanto en los lugares donde estoy,
bien patente demuestro lo que soy:
hablo de un tema y otro y los consumo.
Enderezar entuertos es mi meta;
siempre de los demás, nunca los míos.
Soy un mandón en muchos desvaríos y
debo dar a todos mi receta.
¿Para qué reflexivo o taciturno?
Por eso tanto afán de perorata.
Mil detalles que forman cabalgata
y ni pensar a nadie dar su turno.
Qué difícil si hablo es ir al grano;
¿cómo omitir, Señor, tanto detalle?
Aunque el otro esté al cabo de la calle,
valorará lo sabio de un anciano.
De los demás, ni oír quiero sus penas;
si acaso, yo les cuento algún achaque;
para que en algo mi dolor se aplaque,
que me digan de mí mis cosas buenas.
Claro en mi mente está lo recordado;
ellos cuentan sus cosas, que se dudan;
con oírme, seguro que se ayudan;
yo cómo voy a estar equivocado.
Todos los de mi edad, viejos gruñones;
yo gozando de mucha simpatía
y ganando elegancia cada día;
los demás, adiposos, barrigones.
Todo lo veo mal; no me preguntan
cómo tienen que hacerse las gestiones;
sin mis consejos, sin mis opiniones,
no saben lo que hacer, ni lo barruntan.
Si grabo lo narrado en mi conciencia
y pienso que es verdad lo relatado,
si he sido consecuente en lo contado,
que me sirva lo escrito de advertencia.
Tú que tanto sufriste y tanto amaste,
que tanta salvación me has regalado,
¿cómo no aprovechar lo que me has dado?
¿Por qué olvido, Señor, lo que enseñaste?
Qué retrato más fiel, qué pesadilla
y qué oportunidad desperdiciada;
qué vergüenza, Señor, qué campanada,
una vitalidad de pacotilla.
Es tanta vanidad lo que me inculpa;
quiero ser al revés de lo contado;
pido perdón al ver dónde he llegado;
de todo lo pasado “mea culpa”.
Inspirado en la “Oración de un monje irlandés del siglo XVII”
jueves, 23 de diciembre de 2010
Nochebuena
La tarde que se escapaba;
la Virgen que sonreía;
era por fin hoy el día
en que a su Niño esperaba;
y cómo le preparaba
su camisa y su pañal,
eran tan blancos, igual
que el aderezo de escarcha
que cuando la nieve marcha
queda preso en el cristal.
De "Reportero en Belén de Judea"
la Virgen que sonreía;
era por fin hoy el día
en que a su Niño esperaba;
y cómo le preparaba
su camisa y su pañal,
eran tan blancos, igual
que el aderezo de escarcha
que cuando la nieve marcha
queda preso en el cristal.
De "Reportero en Belén de Judea"
Un rayo de luz
Un ángel quiso jugar
con un brillante lucero
y recorrió el mundo entero
hasta llegarlo a encontrar;
y cuando lo pudo hallar,
observó cómo alumbraba
a un Niño que lo miraba
desde un portal, en Belén,
en donde el hombre de bien,
por ser Jesús, lo adoraba.
De "Reportero en Belén de Juedea"
con un brillante lucero
y recorrió el mundo entero
hasta llegarlo a encontrar;
y cuando lo pudo hallar,
observó cómo alumbraba
a un Niño que lo miraba
desde un portal, en Belén,
en donde el hombre de bien,
por ser Jesús, lo adoraba.
De "Reportero en Belén de Juedea"
La venida
Se va acercando una estrella
a la puerta del pesebre
para que su luz requiebre
al Hijo de una Doncella;
un aleluya atropella
la esperanza de un desvelo
y reparte con su vuelo
la noticia del derroche
que esta memorable noche
nos ha dado el Dios del cielo.
De "Reportero en Belén de Judea"
a la puerta del pesebre
para que su luz requiebre
al Hijo de una Doncella;
un aleluya atropella
la esperanza de un desvelo
y reparte con su vuelo
la noticia del derroche
que esta memorable noche
nos ha dado el Dios del cielo.
De "Reportero en Belén de Judea"
domingo, 5 de diciembre de 2010
La armonía de Félix Revello, por fin en casa.
Sinfonía teñida de colores
que acarician con mimo tus pinceles.
Recreación sin par de la belleza.
Cómo iluminas blancos,
das frescor a los verdes,
y estremeces los rojos que se muestran
como labios sedientos de caricias.
Sombras que nos ocultan los arcanos.
Matices que serenan a los grises,
que parecen teñidos de sosiego.
Retratos que te hablan,
vestidos que insinúan,
rostros que nos convierten en amantes.
Balcones indiscretos,
miradas que se pierden
en el dulce y lejano pensamiento,
y cuerpos de mujer inasequibles.
Luminosas sonrisas confidentes
que te alegran la vida.
Flores, frutas, cristales.
Eres el manantial de los reflejos
de un hermoso arco iris,
que nos vas regalando a los demás.
Y al final mi recuerdo;
la imagen de aquél Cristo que pintaste
cuando aún éramos niños
y corrían los años treinta y tantos,
que aún perdura en mi mente,
y que nos prometía en el futuro
un creador de sueños.
A mi amigo de toda la vida, Félix Revello, en el día de la inauguración de su museo en Málaga.
que acarician con mimo tus pinceles.
Recreación sin par de la belleza.
Cómo iluminas blancos,
das frescor a los verdes,
y estremeces los rojos que se muestran
como labios sedientos de caricias.
Sombras que nos ocultan los arcanos.
Matices que serenan a los grises,
que parecen teñidos de sosiego.
Retratos que te hablan,
vestidos que insinúan,
rostros que nos convierten en amantes.
Balcones indiscretos,
miradas que se pierden
en el dulce y lejano pensamiento,
y cuerpos de mujer inasequibles.
Luminosas sonrisas confidentes
que te alegran la vida.
Flores, frutas, cristales.
Eres el manantial de los reflejos
de un hermoso arco iris,
que nos vas regalando a los demás.
Y al final mi recuerdo;
la imagen de aquél Cristo que pintaste
cuando aún éramos niños
y corrían los años treinta y tantos,
que aún perdura en mi mente,
y que nos prometía en el futuro
un creador de sueños.
A mi amigo de toda la vida, Félix Revello, en el día de la inauguración de su museo en Málaga.
viernes, 8 de octubre de 2010
Lo tibio
Si se apaga la luz, si a lo más claro
se amenaza a lo lejos con lo oscuro;
si el camino se cierra con un muro
y en lo que era evidente no reparo.
Si cunde por mi mente el desamparo;
si mi rezo se olvida del conjuro
y tiembla en mis adentros el futuro;
si el enigma que duele no lo aclaro,
pienso que hay que llorar y encomendarse
a quien tanto has querido y aún adoras,
y que vuelva otra vez para mostrarse;
que mis lágrimas rieguen muchas horas,
que el alma con su Dios vuelva a encontrarse
y que brillen de nuevo las auroras.
se amenaza a lo lejos con lo oscuro;
si el camino se cierra con un muro
y en lo que era evidente no reparo.
Si cunde por mi mente el desamparo;
si mi rezo se olvida del conjuro
y tiembla en mis adentros el futuro;
si el enigma que duele no lo aclaro,
pienso que hay que llorar y encomendarse
a quien tanto has querido y aún adoras,
y que vuelva otra vez para mostrarse;
que mis lágrimas rieguen muchas horas,
que el alma con su Dios vuelva a encontrarse
y que brillen de nuevo las auroras.
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